Soy Ismael Rojas Pozo y este es mi blog

Este espacio comenzó a andar el 10 diciembre de 2006. Desde algunos años antes se estaba gestando la idea, incluso cuando todavía no se manejaba el concepto de lo que hoy se conoce como «blog». Pedía nombres para llevar en la cabecera, así a lo grande, palabras o locuciones que dijeran mucho en poco sitio. Sin saberlo buscaba dirección web. Un día me encontré con el adjetivo «anantes». Lo usa Platón para describir la salida de su caverna. Significa «escarpada».

Ahora, casi quince años después, sigue vivo. En medio mil historias, en 2011 aparece Anantes Gestoría Cultural, fruto de las ganas de hacer cosas de quién cuenta esto y de dos personas más. Nuestra querida Revista IES, más de 90 libros editados, la creación del sello de autoedición AdLibitum, Vinos Filosóficos, Ágoras Líricas y sumando. El último proyecto: Por venir.

En la maratón como en la vida

La gallardía de cruzar la Gran Barrera de Coral pertenece a los valientes. No estamos aquí solo para sobrevivir, protegernos y perpetuar la especie. Hemos venido a trascender, a convertir hechos inertes en hazañas simbólicas. Corría el kilómetro ocho de la maratón de Sevilla del pasado domingo 20 de febrero cuando empecé a comprenderlo: en la maratón como en la vida. Era todavía un momento cómodo, aunque ya la soledad y la adrenalina invitaban a la reflexión. Me di cuenta entonces de la enorme metáfora que es la maratón para entender un poco mejor qué es vivir.

Como la vida misma, no vale que te lo cuenten. Aprendemos haciendo, pensando y sintiendo. Arrojados al mundo y desprovistos de herramientas definitivas nos vemos avocados a modificarnos, adaptarnos y dominar las circunstancias que se cruzan en nuestro camino. Como la vida misma, la maratón es la única prueba olímpica que no se entrena como tal antes de competir. Su dureza debe ser superada sin ensayos generales.

Uno se encuentra con un reto físico y mental con tintes de gesta incierta e impredecible. La forma física condiciona el reto, el tiempo y ritmo varían según el punto de partida del corredor. Desde unos meses antes, incluso años, se pueden estar planificando las posibilidades de éxito de recorrer dignamente la distancia. Cada cual afinará su propia dignidad, modelará su proyecto de carrera y pondrá en marcha un plan personal de entrenamiento. Son los 42.195 metros que separan Atenas de Maratón, que dicen que Filípides recorrió para anunciar la victoria de su ciudad sobre el enemigo persa. Aquel hecho histórico construyó una prueba física cargada de significado, simbolismo, leyenda y épica. El paso de los siglos la ha convertido en la prueba deportiva por excelencia.

En aquel kilómetro ocho me encontré con la ilusión y los nervios de un niño. Visualicé la meta, me vi envuelto en una muchedumbre que desprendía energías vitales tan parecidas a la mía y tan diferentes entre sí. En cada rostro podía encontrarse un sueño, una promesa o un reto. Todavía era pronto. Por eso todo iba bien.

Durante los siguientes kilómetros, quizás hasta antes de llegar a la mitad de la carrera, tuve sensaciones más propias de lo cotidiano. Como en un entrenamiento, me dio tiempo de observar el entorno con cierto reposo. Era una bonita mañana de domingo, había gente mirando, animando, incluso algunos paseaban indiferentes sin comprender nada de lo que ocurría. En las esquinas, los chiquillos jaleaban los nombres que leían en los dorsales; algunos familiares y amigos de los participantes alentaban a los suyos entre los desconocidos que pasábamos delante de sus narices.

Dentro de mi mente, sin embargo, bailaban circunstancias ajenas a lo que ocurría fuera. La seguridad inicial que dibujaba un futuro sin borrones empezaba a mezclarse con la incertidumbre. Cualquier mínima debilidad se iba incluyendo en la lista de problemas. Hasta ese momento todo había sido demasiado fácil. Me había forjado una falsa ilusión de control. Comenzaba a hacer falta la fuerza de voluntad, una energía mucho más que física para dominar las dudas ante lo mucho que quedaba por llegar. Había que recurrir a la paciencia, a esperar, a distraer la mirada para provocar la imaginación y pensar en cosas diferentes.

Demasiado pronto me encontré con la imperiosa necesidad de concentrarme en el ritmo, en lo preparado, en la importancia de dividir tramos como si fuesen fechas en el calendario, en no saltarme lo que tenía previsto beber y comer para no desfallecer. Como ocurre tantas veces en la vida, la prudencia se pierde cuando queremos terminarlo todo cuanto antes, una quimera incompatible con el control de la situación. En la maratón no había otra alternativa. La opción de correr desesperadamente hasta la meta era una completa locura y la cantidad de kilómetros restantes aplacaba la inquietud y los nervios por querer solucionarlo todo de sopetón. No quedaba otra que seguir con el plan.

Es curioso. La solución y el problema coincidían: seguir con el plan. Estaba en una vía de un único carril con un único sentido, que para colmo yo mismo había diseñado. Todo era culpa mía. Cambiarlo suponía fracasar. Y entre tanto, los kilómetros caían, en los coros ya se había sustituido el “llevamos” por el “quedan”. Una meta que empezaba a clarear en el horizonte. Pero quedaba mucho y se jugaba a olvidarlo.

De nuevo la mezcla de sensaciones encontradas y de contradicciones fatales solo soportable al modo más estoico. La euforia contenida por haber superado ya la mitad del recorrido se unía a los primeros síntomas serios de desgaste físico. Como la mente es tan alcahueta y empática no tardó demasiado en acompañar en la pena al cuerpo, inventando artimañas para convencerse de que todo empezaba a perder sentido. El esfuerzo de la voluntad se puso a prueba. Entrenada o no, llegó su momento. Debía invocar al nirvana, a la ataraxia, a la resiliencia, a aquel recuerdo motivador o a todo lo que ayudara a soportar la necesidad imperiosa de bajar el ritmo o parar el tren.

Me encontré con la soledad. La conciencia habla y habla sin que nadie la escuche, buscas iguales que te comprendan, sufridores con los que repartir dificultades. Demasiado lastre acumulado para tanto recorrido. Surge la solidaridad y la comprensión. En esa soledad, como en todas, molestan cosas insignificantes, un pequeño desnivel o un bache en el suelo se entienden desproporcionados. Estamos acostumbrados a echarle la culpa a los demás cuando nos quedamos sin excusas.

Del kilómetro treinta en adelante volvieron a mezclarse elementos en la cabeza mucho más cargados de irracionalidad y emoción. Los miedos a un desfallecimiento, al error o al fracaso ganaban terreno sobre la concentración y la fe en el entrenamiento de meses atrás. La razón casi no era capaz de hablarle a la conciencia, o esta era incapaz de oír y recordarle que esto iba a ocurrir, como una madre consolando a un hijo. Pensar dejaba de ser una opción.

En el argot maratoniano se llama “muro” al momento en el que el cuerpo empieza a devorarse a sí mismo. Goya hubiera sido capaz de representarlo como una más de sus pinturas negras de haber conocido esta experiencia. Una vez agotadas las energías ya no queda más alternativa que la autofagia, símbolo y metáfora del sufrimiento más atroz. No avisa. Cuando llega ya es tarde para arrepentirse de no haber bebido más o no haber entrenado más duro. Ocurre y hay que soportarlo.

Superar este obstáculo es superar lo peor y hay quien no llega a conseguirlo. Puede durar varios kilómetros, un paredón que lleva al dolor, a la angustia, al abismo existencial, a las preguntas más absurdas. Es el momento en el que todo lo que ocurre pierde su sentido, dentro y fuera de la carrera. La solución es siempre la más cómoda: se olvida la meta, el objetivo, el plan y la recompensa; un error si realmente nos lo tomamos en serio. Se ningunea el fracaso, es cuando la indiferencia se expande más allá de la mañana del domingo, como si realmente fuésemos así de impasibles. No hay espacio para recordar que hay alguien esperando, que has estado preparando este momento durante mucho tiempo, que hasta te ha costado conciliar el sueño la noche anterior. El sufrimiento le come piezas al control.

Lo superé. Quiero pensar que no fue fácil y que realmente estaba preparado para afrontar retos así. Lo cierto es que llegué a los últimos kilómetros controlando la situación. Cuando es así, aumenta la euforia, se dibuja la llegada, se vienen muchos recuerdos desorganizados, conversaciones recurrentes y repetidas de las semanas anteriores, sonrisas íntimas coleccionadas llenas de optimismo.

En la meta el corazón se encoge. Tres horas y treinta y dos minutos sin parar de correr. Al llegar encontré gozo, abrazos, sonrisas, lágrimas, dolor y ese especial olor que desprende la satisfacción del deber cumplido. Un final que no tendría sentido sin el camino recorrido, como nos ocurre a diario. Un reto solo al alcance de los valientes. De aquellos que se atreven a cruzar la línea de salida.

¿Acaso correr es de cobardes? ¿Te atreves a hacerlo tu mismo?

TALENTO

Hablar de talento es hablar de capacidad. Es un poder para saber o hacer. Se trata de una destreza especial para aprender con facilidad o para desarrollar alguna habilidad práctica. Tener o no tener talento puede determinar nuestro futuro profesional. Hay que considerarlo a la hora de decidir el camino a seguir.

Si somos hábiles entendiendo o desempeñando una labor concreta debemos saberlo y potenciarlo. Ser mejores en aquello que se nos da bien es una buena estrategia para formarnos. En ocasiones nos dirigimos por prejuicios sobre lo que se supone que debemos ser. En ocasiones prestamos atención a nuestro entorno y nos planteamos metas laborales adaptadas a él, nos convencemos de que debemos conseguir una formación académica y profesional determinada por lo que se espera de una persona de nuestra generación. Pero caer en el error de no conocer nuestras auténticas capacidades nos acerca a un callejón vital sin salida.

¿Cómo saber cuál es nuestro talento? Todos tenemos alguno, ya sea evidente o en potencia, por eso es tan importante ser conscientes de nuestras mejores virtudes y también de las peores. El talento puede ser una destreza para una práctica concreta, una disposición especial para la creación, para el manejo de instrumentos concretos, para el ingenio, para la resolución de problemas, para las matemáticas, el discurso oral, la argumentación escrita, la habilidad en las relaciones sociales, la alta capacidad de concentración… Podemos hablar de talento por ser especialmente diligentes y dispuestos para llevar la iniciativa, o todo lo contrario, tener condición de gregario. La paciencia, la precisión o la rapidez también puede ser un talento aprovechable.

¿Te atreves a descubrir tu talento?

El mercado laboral necesita personas que sepan llamar a la puerta adecuada para encontrar un empleo. Es absurdo dejar un currículum para un puesto comercial si nuestra capacidad para relacionarnos con desconocidos no está entre nuestros talentos.

Busca el talento que hay en ti.

Diálogos trepidantes

Hace algunos meses compartí unas cervezas en La Alameda de Sevilla con Salvador Navarro. Allí mismo me dedicó un ejemplar de la que era su última novela y comentó algo sobre el color de mi camiseta y el contraste que hacía en la foto que nos hicimos. En estas palabras que resalto en cursiva está volcada buena parte de la vida que lleva y firma el que se hace llamar en las redes sociales @borenavarro, sus aficiones, gustos, su vida literaria y su capacidad de encontrar la clave en cualquier detalle cotidiano.

Conforme avanzaba mi lectura de Y si aparece recopilaba imágenes y recuerdos de nuestras charlas. Me doy cuenta ahora de que esas miradas sostenidas acompañadas de preguntas o comentarios sobre este o aquel sitio no eran sospechas del todo inocentes, algo tramaba. El color de mi camiseta, que ha terminado en la portada, el intercambio de cumplidos demasiado bien estructurados, las preguntas, el interés por el barrio de San Diego… Puedo seguir.

Salvador Navarro condensa en sus novelas sus inquietudes vitales, sus juegos mentales y su maestría para usar la confusión y el engaño como leitmotiv de la narración. Maneja la mentira como recurso literario para sostener la historia siempre arriba. Y en esta última novela no ha dudado en elevar la tensión desde el comienzo.

Y si aparece es un desfile de gente interesante, aunque nadie conozca a nadie, y de personajes transversales que no resultan definitivos hasta el último momento. En vez de «cada detalle cuenta», aquí hay que tener presente que «cada personaje cuenta».

En vez de «cada detalle cuenta», aquí hay que tener presente que «cada personaje cuenta».

Salvador Navarro tiene el valor creativo de usar el diálogo para construir protagonistas definidos al detalle, una dificultad añadida que le acerca al exceso y que se convierte en marca personal de la narración. Creo que asume una responsabilidad muy alta como escritor, es complicado contar tanto mientras el lector solo oye una conversación.

Salva sabe de las posibilidades de la ficción narrativa y las maneja para lo que quiere transmitir. Corre el riesgo como cualquier escritor de no ser creíble, de quedar al límite de la verosimilitud por mostrar los pormenores y lo cotidiano de esta forma. Algo así como si a un pintor se le achaca que sus cuadros son exageradamente realistas, que nadie ve nada con tanto detalle, que la vista humana no sabe hacerlo, que una gota de sudor no puede reflejar el entorno del observador. Pero si ese realismo es el mensaje, ¿qué puede hacer el narrador? Debe hacerlo. Este recurso muestra la mirada, el dolor, la incertidumbre o la sorpresa. A veces el lector ocupa una plaza más en el sofá que aparece en escena.

A veces el lector ocupa una plaza más en el sofá que aparece en escena.

A pesar de todo, entre diálogos y personajes, aparece su prosa. Frases cortas, con sentido, sugerentes y que invitan a pensar y emocionarse. Esta vez Salvador Navarro ha sido más reservado, por momentos no acudía el narrador al espacio que quedaba para sentenciar. Avisó en el acto de presentación que era una forma de probar cosas nuevas, de escribir más rápido. Por ahí se va a librar, pero le tengo que pedir que en adelante no ahorre tanto ahí, tiene habilidades y recursos para hacer reposar al lector al final de cualquier escena. Casi creo que es un sello que le define.

En definitiva, estamos ante un paso más de la vida literaria de Salvador Navarro, el ingeniero de Renault que quería estudiar filosofía y que no puede dejar de escribir ficción. Ritmo trepidante digno de una serie de éxito, maestría en la construcción de los personajes, tramas que son puzles inverosímiles con apariencia surrealista, música, literatura y tensa espera para que en la última página todo encaje. Abstenerse impacientes.

EL VALOR DE LOS SUEÑOS

“El ser humano, un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa.”

Hölderling. Hyperion

El Capricho 43 de Francisco de Goya viene con la inscripción “El sueño de la razón produce monstruos”. El mensaje está mandado en las vísperas del siglo XIX europeo, unos años en los que el pensamiento ilustrado está apurando las opciones de salvación de la humanidad. La crítica del artista aragonés tiene una intención, desmantelar el poder absoluto de la razón que había sido asignado como liberador de la especie elegida para la gloria.

No se trata de anular su uso ni de ridiculizar su utilidad, el cálculo racional y la lógica matemática nos asiste en situaciones de necesidad de orden y pensamiento deductivo. La denuncia de los artistas que siguieron al visionario Goya trae el mensaje de que la razón humana tiene límites, que si se traspasan puede llevarnos al lado más oscuro de la superstición y la magia. Y esos límites son naturalmente los albores del arte, la música y la poesía.

Podemos seguir por ese camino y creernos en posesión de la verdad, solo por usar la lógica como única vía para solucionar problemas, o podemos combinar razón y emoción, lógica y pasión, sueños y vigilia, de forma equilibrada para dar pasos firmes y seguros junto al ingenio de la humanidad.

El ser humano no es nada sin sus sueños, sin sus locuras, sin sus creaciones y sentimientos. Es un animal condenado al fracaso si cree en el poder absoluto de la luz de la razón. Las sombras están y acompañan a cada haz de claridad que provoca el pensamiento.

Ese mensaje de salvación ilustrado duró poco, aunque la humanidad todavía se resiste a desestimarlo, vino el romanticismo y vinieron las grandes guerras. Porque ese sueño es recurrente, este existente abandonado a su suerte que somos se refugia una y otra vez en la seguridad de lo demostrado y calculado. Queremos pruebas, porque nos pone muy nerviosos lo incierto.

Nuestro tiempo nos advierte constantemente de la necesidad del ingenio y la pasión en lo que proyectemos. Nuestras vidas dependen como nunca de nuestras particulares iniciativas emprendedoras.

La creatividad es la energía de nuestro tiempo. Debió ser siempre así.

Vacunarse es un problema ético

El dilema entre vacunarse o no vacunarse no es un problema sanitario y, mucho menos, científico. Eso está más que resuelto. Hacerlo o no es un problema ético y social.

Nuestro estado del bienestar le debe bastante al avance científico. Desde que se le dobló el brazo a la Iglesia para poder dar credibilidad a los datos que arrojaban los experimentos, se puso en marcha una maquinaria racional jamás vista. Las herramientas de las matemáticas y la obsesión por solucionar problemas humanos para mejorar la vida, fueron dando resultados que alimentaron la fe en la ciencia.

Esa ciencia desmelenada arrasó durante décadas y llegó a ocupar espacios que no le correspondían. La humanidad consiguió con el tiempo establecer normas para domeñar sus impulsos, fue el principio de una nueva relación con la ciencia en la que estamos recién instalados. Una comunión sustentada por la ética.

El origen de la Bioética se sitúa en torno a los años 70 del siglo XX, pero podemos remontarnos a aquel Código de Nuremberg, fruto de las deliberaciones y sentencias del famoso juicio con el mismo nombre. Desde ese momento ya se puede valorar moralmente si lo que hace y prescribe el científico es bueno o malo, y si lo puedo elegir si me afecta. Hasta entonces la ciencia campaba a sus anchas, la relación paternalista con el ignorante paciente asumía la incuestionable bondad del saber basado en hechos.

Y hemos llegado hasta aquí por estas cosas. Se sabe muchísimo sobre virus, bacterias y vacunas. Los no avezados en la investigación científica solo podemos usar el sentido común para establecer una relación entre la historia de la ciencia, la medicina y las estadísticas. Los números nos dicen que algo ha pasado. Aquí detengo el relato, porque cada cuál puede llevarlo a su terreno, sobre todo si no tenemos ni idea de ciencia o medicina. La ciencia se convierte en ficción con el atrevimiento, la imaginación, la ignorancia o con alguna cerveza de más.

Así, la ciencia sigue haciendo su trabajo, eterno e infinito, falsable y mejorable, útil y revisable. Nos dará consejos sustentados en evidencias, probabilidades y teorías. Vacunarse o no vacunarse ya pasa a ser un problema ético y social.

Si alguien quiere jugar a ser científico, que lo haga sin molestar a nadie (esa es la primera premisa de la libertad). Pero, si se convive en una sociedad en la que se le da credibilidad a la investigación científica, hay que asumir ciertas reglas. En Bioética hay cuatro principios, el de autonomía del paciente prevalece hasta que choca con el de justicia, y eso significa que hay que contar con que no vivimos solos en este mundo. Por eso, vacunarse o no vacunarse es un problema bioético.

Estamos de paso, no se escapa nadie.

Considero a Nietzsche como el que mejor ha intentado bajar de los burros a los crecidos ilustrados de turno. Deberíamos volver a Nietzsche de vez en cuando y acabar con las discusiones estériles de las redes sociales. Nuestra ambición racional, aquella que quiere cerrar el círculo a toda costa, que se obsesiona por la verdad, no sabe parar antes del bloqueo. Una retirada a tiempo es una victoria.

Ser moderno siempre fue una moda. Y no lo digo en el uso cotidiano de la palabra, me refiero a su sentido filosófico, a ese vamos a empezar de nuevo y a dar el discurso definitivo que lo explique todo para poder controlar el mundo a nuestro antojo. Llevar al límite nuestra modernidad trae pensamientos únicos, grandes relatos salvadores, dogmatismos y guerras terminales.

Nietzsche dejó en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral mensajes lapidarios imposibles de replicar. Sobre nuestro intelecto y nuestra naturaleza dice: «Hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada». Cada vez que me encuentro con viejas disputas sobre lo bueno y lo malo siempre termino acordándome de estas palabras.

En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.

La política. Esa gran desconocida.

La política es la ciencia que trata sobre la organización y el gobierno de las sociedades humanas. Gestiona decisiones públicas que afectan a los individuos que conviven. Algo así como lo que la ética es a la persona. Qué está bien o qué está mal, pero para el grupo.

El ser humano comienza a hacer política cuando se tiene que poner de acuerdo para convivir más allá de la familia. Desde entonces debemos tomar decisiones que irremediablemente no son del gusto de todos los miembros de la comunidad a la que afectan.

De alguna forma estamos condenados a entendernos, aunque esto sea imposible. En el mejor de los casos de esta condena nos queda llevarnos lo mejor que podamos, porque nunca vamos a pensar igual. Sin esta premisa, el resto son castillos en el aire.

La justicia, que existe, igual que la libertad, no es ese sueño dorado que imaginamos cada uno para nuestros adentros (ocurre con la libertad). La justicia es un principio moral que regula las acciones y los juicios para que se respete la verdad y se de a cada cual lo que corresponde. Pero como esto es del todo imposible de aclarar, salvo que algún lector sea Dios o crea firmemente en él y en sus consignas, solo nos queda acercarnos a ella. Es decir, hay dos caminos: asumir el error o ser dogmático. O nos equivocamos al tomar decisiones o todos debemos pensar igual.

Así llegamos al bucle histórico de problema, diálogo, democracia, ideas, ideología, pensamiento único, totalitarismo, revolución. Y un no parar. Pueden cambiar algo el orden si prefieren, pero se puede sintetizar en dialéctica amo y esclavo.

Quedémonos con el «pensamiento único». Es el arma arrojadiza del esclavo que quiere ser amo. Es la dinamita de la revolución sobre lo impuesto. Es el insulto más elegante y técnico hacia el poder establecido. Lo usa el que va perdiendo, sea quién sea, que quiere imponer su pensamiento para que se convierta en el único. Nace como crítica al capitalismo, pero como concepto es universal y aplicable a cualquier pretensión de validar un discurso político mediante las mismas hipótesis que lo sostienen, convirtiéndolas en verdades.

Que todos pensemos lo mismo es imposible. En nuestra naturaleza está la diversidad de temperamento, carácter, intereses y valores morales. Complejidad que, proyectada a lo público, nos obliga a asumir que no siempre vamos a estar de acuerdo con las decisiones políticas. Por eso el único error es la intolerancia.

Solo nos queda jugar a llevarnos bien sobre una ética mínima de derechos fundamentales. No podemos unificar el discurso político. Cada uno llevamos dentro una forma de organización social. Hay tantos elementos que intervienen en la gestión pública que las combinaciones se van al infinito, así terminamos poniendo etiquetas ideológicas y nombres a los partidos políticos, que nos venden que las llevarán a la práctica.

Entonces: diálogo, respeto, tolerancia y equilibrio entre lo público y lo privado.

Sobre Murakami

A las personas se les puede dividir sin dificultad en tres grupos: los que no han leído a Murakami en su vida, los que disfrutan de su literatura y los que la odian. Quizás sea una reducción algo exagerada, aunque es muy difícil encontrar a alguien que haya leído algo de él y se haya quedado en la indiferencia.

Murakami es de la generación de mis padres, pero poco que ver con sus vidas. Nace en Kioto y crece en un ambiente absolutamente literario. Tiene su primer éxito internacional con Tokio Blues (la menos parecida a sí mismo) y su obra está traducida a más de 50 idiomas. Se puede decir que es un escritor famoso entre los que nos gusta leer.

El asunto es que provoca amor y rechazo a partes iguales. Hace poco me crucé con dos personas que coincidían en que no les parecía un auténtico escritor, hablaban de él con cierto desprecio y sorna, llegando a decir que era algo así como el Paulo Coelho de la literatura. Otro que también es famoso, aunque a este sí se le conoce fuera del mundillo de los libros. Me faltaban partes en esos juicios que tan convencidos se regalaban. «De la literatura», ¿acaso Paulo Coelho es otra cosa que un escritor (si lo fuere)? ¿Quisieron decir que Paulo Coelho es un filósofo? De ser así no conozco a ningún colega vivo o muerto que le tenga el más mínimo respeto como pensador. Filólogos sí que conozco que aprecian a Murakami, por no entrar en la polémica de su siempre probable Nobel. Ni Coelho es filósofo, ni escritor, dejémoslo en coach.

El error argumentativo lo encuentro en que confunden el gusto personal con el criterio estético. En la misma conversación introduje el tema de Ishiguro Kazuo. Recientemente me había leído Nunca me abandones, recomendado precisamente por una de las personas de la conversación. Este sí es premio Nobel y con todo el reconocimiento internacional que pueda tener Murakami. Pues no me pareció Kazuo de mi gusto, solo bien, sin entrar en detalles. Una literatura de calidad, aunque eché en falta algo más de diversidad de recursos, desde el argumento hasta la complejidad de los personajes (que se agotaban muy pronto). Diría que Kazuo no me gustó, pero a ellos sí.

Si Murakami ha calado en lectores de todo tipo es por la maestría y exclusividad con la que dibuja sus historias. Mundos cotidianos en los que la magia y lo surrealista ocurren con toda la naturalidad con la que el Sol sale por la mañana. Un escritor que introduce su propia vida en su ficción como estructura: baseball, gatos, pozos, cocina japonesa, cerveza, música, mucho jazz, la obsesión por la segunda guerra entre Japón y China, la ropa, las zapatillas blancas, el tejido tweed, la belleza adolescente, los rostros, el mundo interior, los libros… Reconozco que todo esto necesita de un lector que conecte con ese universo, comprendo a aquel que no sea capaz. Si a todos nos gustara todo por igual, el mundo sería más aburrido.

Tengo casi decidido que el próximo que me leeré de Murakami será De qué hablo cuando hablo de correr (no espero una autoayuda para terminar una maratón). Y he llegado hasta aquí porque todo esto lo he escrito en mi cabeza mientras corría, en un lugar tan mágico como los que diseña Hayao Miyasaki en sus animaciones, sintiendo el infinito de un espacio atravesado por una vía del tren absolutamente recta (ya solo vía verde). Porque la literatura tiene ese poder de entrenar nuestra imaginación y hacerla crear más y mejor.

La risa

Como otras tantas cosas, la risa es humana. Hablo de lo cómico, del chiste, de la gracia, de reírnos del mundo. Porque no hay guasa sobre lo natural. Aquí una muestra de un fragmento de Bergson, se admiten comentarios:

«He aquí el primer punto sobre el cual he de llamar la atención. Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos a la vista de un animal, será por haber sorprendido en él una actitud o una expresión humana. Nos reímos de un sombrero, no por el fieltro o la paja de que se compone motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. No me explico que un hecho tan importante, dentro de su sencillez, no haya fijado más la atención de los filósofos.»
Enri Bergson. La risa.

Encontrar el lugar en el mundo

Podemos aspirar a ser únicos. De hecho ya lo somos. Es cuestión de encontrar nuestra característica diferencial que nos haga especiales. Solo hay que buscar en nuestro interior.

El pensamiento filosófico puede ser la herramienta para superar las dificultades vitales y crear un proyecto personal y profesional auténtico. No se puede olvidar que la filosofía es la solución a cada uno de los problemas que ha tenido la humanidad, desde el abandono del mito como principal respuesta a las preguntas humanas, hasta fórmulas para superar la alienación provocada por el uso indiscriminado de las nuevas tecnologías.

Por eso es bueno volver una y otra vez a los grandes mantras filosóficos. Hay uno sobradamente famoso, inscrito en la entrada del templo dedicado a Apolo en Delfos, que invita a los visitantes a buscar en su interior la sabiduría.

“Conócete a ti mismo”. Todo empieza y termina en cada uno de nosotros, si somos capaces de conocernos podremos gobernar nuestra acción. Tenemos una gran cantidad de posibilidades al crear nuestro camino en la vida, pero si no somos conscientes de ellas no tomaremos las decisiones de forma libre.

Lo contrario es ser esclavos de las circunstancias, estar abocados a lo que nos toque, invocar a la suerte en cada una de las decisiones que tomemos.

Sócrates, quizás el primer gran filósofo, se hizo famoso por conversar en Atenas con sus discípulos y hacer que sus ideas aflorasen a través de preguntas. Interpelaba a aquellos jóvenes para que pensaran, no les daba el conocimiento, provocaba que lo encontraran dentro de ellos mismos.

El método de Sócrates actualizado sería algo así como que podemos encontrar respuestas a muchos problemas de una forma más personal y sabia si argumentamos de forma auténtica, si encontramos en nosotros mismos la justificación, los valores y las virtudes que correspondan a lo que somos. Una existencia auténtica pasa por una reflexión sobre los problemas y una búsqueda de las soluciones desde nuestro punto de vista.

Busca las respuestas en tu interior.

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