El Retrato de Dorian Grey
Por Ismael • 19 Nov, 2008 • Sección: blog

En el siguiente pasaje de El Retrato Secreto de Dorian Grey está viva y presente en los personajes la paradoja entre la belleza ideal y la belleza terrenal. Por un lado, la actriz que ha enamorado a Dorian con sus actuaciones ha perdido la ilusión por el teatro, por la representación y la fábula que ideaba historias, según ella es el amor por alguien real quien le ha descubierto la falsedad del escenario. Por otro lado, es Dorian quien ha perdido a su amada, ya no es esa mujer bella que hacía perder a su imaginación en los caminos de la belleza, ya no es la perfección hecha mujer, ahora tan sólo es una niña real. Podemos decidirnos también nosotros mismo sobre dónde queremos posicionarnos en la realidad.
¿Estás enferma? No tienes idea de lo mal que has estado. No puedes
figurarte cuánto he sufrido.
La muchacha sonrió.
-Dorian -repuso, deteniéndose con voz musical en el nombre, como si
fuera más dulce que la miel a los pétalos rojos de su boca -, Donan,
deberías haber comprendido. Pero ahora sí comprendes, ¿verdad? -
¿Comprendo, qué? -preguntó él, coléricamente.
-Por qué he estado tan mal esta noche. Por qué estaré ya siempre
mal. Por qué no volveré ya nunca a trabajar bien.
Encogióse Dorian de hombros.
-Quiero suponer que estás enferma. Pero, en ese caso, no deberías
salir a escena. Te pones en ridículo. Nos has hecho pasar un mal rato,
a mis amigos y a mí.
Ella no parecía escucharle. La alegría la transfiguraba. Un éxtasis de
felicidad se había apoderado de ella.
– ¡Dorian, Dorian! -exclamó -; antes de conocerte el teatro era la
única realidad de mi vida. El teatro era el único lugar en que vivía.
Creía que todo lo que en él representábamos era verdad. Una noche
era Rosalinda, y Porcia a la siguiente. La alegría de Beatriz era mi
alegría, y el dolor de Cordelia también era el mío. Creía en todo. La
gente vulgar que trabajaba conmigo me parecía semejante a los
dioses. Las decoraciones pintadas eran mi mundo. No conocía sino
sombras, y me parecían reales. Viniste tú… – ¡oh amor mío!- y
libertaste mi alma de su cárcel. Me enseñaste lo que es la realidad.
Esta noche, por primera vez en mi vida, he visto la vanidad, la ficción
y la estupidez de la farsa sin sentido en que hasta ahora me he
movido. Esta noche, por vez primera, me he dado cuenta de que
Romeo era repugnante, y viejo y pintado, de que la luz de la luna en el
huerto era ficticia, de que el decorado era atrozmente vulgar, y de
que las palabras que tenía que pronunciar eran mentira, no eran mis
palabras, no eran lo que yo quería decir. Tú me has traído algo más
elevado, algo de que todo el arte es sólo un reflejo. Tú me has hecho
comprender lo que realmente es el amor. ¡Amor mío! ¡Amor mío! ¡Mi
príncipe! ¡Príncipe de mi vida! Me repugnan ya las sombras. Tú eres
más para mí que todo cuanto pueda ser el arte. ¿Qué tengo que ver
yo con los muñecos de una comedia? Cuando esta noche salí a
escena no podía comprender cómo era que todo esto se había ido de
mí. Creí que iba a estar maravillosa, y vi que no podía hacer nada. De
pronto se hizo en mí la luz, y comprendí. Les oía silbarme, y sonreía.
¿Qué podían ellos saber de un amor como el nuestro? Llévame contigo,
Dorian… llévame contigo, adonde podamos estar completamente
solos. Odio el teatro. Podría fingir una pasión que no sintiese, pero no
puedo simular una que me quema como fuego. ¡Oh Dorian, Dorian!,
¿comprendes ahora lo que esto significa? Y aunque pudiera hacerlo,
sería para mí una profanación salir a escena estando enamorada. Tú
me has hecho ver esto.
Dorian se dejó caer en el sofá, y apartando los ojos de ella, murmuró:
-Has matado mi amor.
Ella le miró asombrada, y se echó a reír. Él no dijo nada. Entonces ella
se le acercó suavemente y le acarició con sus dedos menudos los
cabellos. Luego se arrodilló y le besó las manos. Retirólas él,
estremeciéndose.
De pronto, levantándose, se dirigió hacia la puerta.
-Sí -gritó -, has matado mi amor. Antes excitabas mi imaginación, y
ahora, ni siquiera consigues despertar mi curiosidad. Me dejas
completamente frío. Yo te quería porque eras maravillosa, porque
había en ti genio y entendimiento; porque hacías realidad los sueños
de los grandes poetas, y dabas formas y sustancia a las sombras del
arte.
Tú misma te has despojado de todo. Eres superficial y tonta. ¡Santo
Dios, qué loco fui en quererte! ¡Qué necio! En este momento, ya no
eres nada para mí. No quiero volver a verte. No quiero pensar más en
ti, ni acordarme de tu nombre. ¡Tú no sabes lo que eras antes para
mí! Antes… ¡Pero no quiero pensar más en ello! ¡Ojalá no te hubiesen
visto nunca mis ojos! Tú has destruido la novela de mi vida. ¡Qué poco
sabes del amor, si piensas que perjudica a tu arte! Sin tu arte no eres
nada. Yo te habría hecho famosa, rica y magnífica. El mundo te habría
adorado, y tu hubieses llevado mi nombre. ¿Qué eres ahora, en
cambio? Una actriz de tercer orden, tonta y bonita.
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Ismaeeellll!!!, que pasa figura!!.
Te acuerdas de nosotros?: Música y matemáticas, dos “hermanas” (ejem).
Lo primero es felicitarte por los textos y los comentarios que haces. Tienen un contenido original y reflexivo totalmente equilibrados y por supuesto, interesantes.
Lo segundo: te echamos de menos: ya no miramos los atardeceres de Balerma, ni fumamos puros mientras desnudamos nuestro interior, ni hacemos música entre amigos porque nos falta el eslabón que se perdió (entiéndase la metáfora).
Y poco más, que sigas así y que no echamos al fuego ni una sola de tus ideas por muy fría que sea la noche (gracias, Serrat).
Saludos almerianos.