La decencia que se fue

Hemos perdido el miedo a mentir. La naturalidad con la que un político miente, con la que un periodista manipula la noticia, con la que un abogado oculta o con la que un menor engaña empieza a ser algo habitual y cotidiano. Estamos integrando la mentira en el día a día, como si fuese normal que se pueda usar cualquier arma para conseguir un objetivo.

No es raro ver en nuestro ritmo social este tipo de comportamientos. Ese político que usa deliberadamente la mentira para conseguir llamar la atención y crear enemigos intencionadamente empieza a ser normal, ya casi que no nos asustamos al comprobar que lo que alguien dijo días atrás era mentira y mucho menos comprobando la veracidad de las afirmaciones que bombardean los medios de comunicación desde las protocolarias y propagandísticas ruedas de prensa.

El salto se lo lleva el periodista que vive de ese engaño y del suyo propio. Su beneficio le hace ser complíce y aprendiz. La rueda de prensa se usa, se maneja, se masajea. En mensaje es también mentira y es también masaje. Se modula, se manipula y se miente en la noticia. Empieza a ser cotidiano y no lo tenemos en cuenta, que es lo peor.

Somos unos engañados y lo sabemos, o al menos deberíamos saberlo. Ya nadie se disculpa porque ya casi nadie miente inocentemente y porque de hacerlo se descubriría su trama. Algún día hablaré de los ignorantes y de los mentirosos.

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