Una cuestión de estilo

Es muy habitual escuchar eso de que «la apariencia no es lo importante». Molesta que te valoren por lo que pareces, por ese «a primera vista», por la impresión que damos, sin atender a lo que se considera «verdaderamente importante».

A pesar de esto, suelo defender en mis clases la importancia del valor estético. Sí, de la apariencia, de lo que mostramos o nos encontramos con los sentidos. De lo que transmite una mirada o un gesto, de lo que escondemos. Detalles, símbolos, orden o limpieza… cada forma es parte del mensaje.

Claro que hay que defender el estilo como parte del ser. Cuando comunicamos oralmente modulamos la voz, gesticulamos, administramos silencios y regulamos la velocidad según convenga. Todo forma parte del cómo queremos que se entienda el mensaje. Además, si no atendemos al estilo y lo dejamos al azar, estamos también afectando a la forma con la que transmitimos lo que queremos hacer llegar a nuestro oyente.

En literatura ocurre igual. ¿He dicho igual? No. La literatura es un arte, antes he hablado de comunicar. Imaginen la importancia de la estética en la poética. Crear con la palabra para hablar del dolor, del sufrimiento, de la traición, del amor, de la amistad, de la vida o de la muerte, es mucho más que contar una historia. Esta se convierte en el soporte de un estilo y la forma pasa a ser el mensaje.

En el arte el estilo es el mensaje. Con él se transmiten sentimientos, intenciones y se interpela al receptor para que sea parte de la obra. ¿Cómo vamos a pensar que la apariencia no es importante?

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