La política. Esa gran desconocida.

La política es la ciencia que trata sobre la organización y el gobierno de las sociedades humanas. Gestiona decisiones públicas que afectan a los individuos que conviven. Algo así como lo que la ética es a la persona. Qué está bien o qué está mal, pero para el grupo.

El ser humano comienza a hacer política cuando se tiene que poner de acuerdo para convivir más allá de la familia. Desde entonces debemos tomar decisiones que irremediablemente no son del gusto de todos los miembros de la comunidad a la que afectan.

De alguna forma estamos condenados a entendernos, aunque esto sea imposible. En el mejor de los casos de esta condena nos queda llevarnos lo mejor que podamos, porque nunca vamos a pensar igual. Sin esta premisa, el resto son castillos en el aire.

La justicia, que existe, igual que la libertad, no es ese sueño dorado que imaginamos cada uno para nuestros adentros (ocurre con la libertad). La justicia es un principio moral que regula las acciones y los juicios para que se respete la verdad y se de a cada cual lo que corresponde. Pero como esto es del todo imposible de aclarar, salvo que algún lector sea Dios o crea firmemente en él y en sus consignas, solo nos queda acercarnos a ella. Es decir, hay dos caminos: asumir el error o ser dogmático. O nos equivocamos al tomar decisiones o todos debemos pensar igual.

Así llegamos al bucle histórico de problema, diálogo, democracia, ideas, ideología, pensamiento único, totalitarismo, revolución. Y un no parar. Pueden cambiar algo el orden si prefieren, pero se puede sintetizar en dialéctica amo y esclavo.

Quedémonos con el «pensamiento único». Es el arma arrojadiza del esclavo que quiere ser amo. Es la dinamita de la revolución sobre lo impuesto. Es el insulto más elegante y técnico hacia el poder establecido. Lo usa el que va perdiendo, sea quién sea, que quiere imponer su pensamiento para que se convierta en el único. Nace como crítica al capitalismo, pero como concepto es universal y aplicable a cualquier pretensión de validar un discurso político mediante las mismas hipótesis que lo sostienen, convirtiéndolas en verdades.

Que todos pensemos lo mismo es imposible. En nuestra naturaleza está la diversidad de temperamento, carácter, intereses y valores morales. Complejidad que, proyectada a lo público, nos obliga a asumir que no siempre vamos a estar de acuerdo con las decisiones políticas. Por eso el único error es la intolerancia.

Solo nos queda jugar a llevarnos bien sobre una ética mínima de derechos fundamentales. No podemos unificar el discurso político. Cada uno llevamos dentro una forma de organización social. Hay tantos elementos que intervienen en la gestión pública que las combinaciones se van al infinito, así terminamos poniendo etiquetas ideológicas y nombres a los partidos políticos, que nos venden que las llevarán a la práctica.

Entonces: diálogo, respeto, tolerancia y equilibrio entre lo público y lo privado.