Estamos de paso, no se escapa nadie.

Considero a Nietzsche como el que mejor ha intentado bajar de los burros a los crecidos ilustrados de turno. Deberíamos volver a Nietzsche de vez en cuando y acabar con las discusiones estériles de las redes sociales. Nuestra ambición racional, aquella que quiere cerrar el círculo a toda costa, que se obsesiona por la verdad, no sabe parar antes del bloqueo. Una retirada a tiempo es una victoria.

Ser moderno siempre fue una moda. Y no lo digo en el uso cotidiano de la palabra, me refiero a su sentido filosófico, a ese vamos a empezar de nuevo y a dar el discurso definitivo que lo explique todo para poder controlar el mundo a nuestro antojo. Llevar al límite nuestra modernidad trae pensamientos únicos, grandes relatos salvadores, dogmatismos y guerras terminales.

Nietzsche dejó en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral mensajes lapidarios imposibles de replicar. Sobre nuestro intelecto y nuestra naturaleza dice: «Hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada». Cada vez que me encuentro con viejas disputas sobre lo bueno y lo malo siempre termino acordándome de estas palabras.

En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.