TALENTO

Hablar de talento es hablar de capacidad. Es un poder para saber o hacer. Se trata de una destreza especial para aprender con facilidad o para desarrollar alguna habilidad práctica. Tener o no tener talento puede determinar nuestro futuro profesional. Hay que considerarlo a la hora de decidir el camino a seguir.

Si somos hábiles entendiendo o desempeñando una labor concreta debemos saberlo y potenciarlo. Ser mejores en aquello que se nos da bien es una buena estrategia para formarnos. En ocasiones nos dirigimos por prejuicios sobre lo que se supone que debemos ser. En ocasiones prestamos atención a nuestro entorno y nos planteamos metas laborales adaptadas a él, nos convencemos de que debemos conseguir una formación académica y profesional determinada por lo que se espera de una persona de nuestra generación. Pero caer en el error de no conocer nuestras auténticas capacidades nos acerca a un callejón vital sin salida.

¿Cómo saber cuál es nuestro talento? Todos tenemos alguno, ya sea evidente o en potencia, por eso es tan importante ser conscientes de nuestras mejores virtudes y también de las peores. El talento puede ser una destreza para una práctica concreta, una disposición especial para la creación, para el manejo de instrumentos concretos, para el ingenio, para la resolución de problemas, para las matemáticas, el discurso oral, la argumentación escrita, la habilidad en las relaciones sociales, la alta capacidad de concentración… Podemos hablar de talento por ser especialmente diligentes y dispuestos para llevar la iniciativa, o todo lo contrario, tener condición de gregario. La paciencia, la precisión o la rapidez también puede ser un talento aprovechable.

¿Te atreves a descubrir tu talento?

El mercado laboral necesita personas que sepan llamar a la puerta adecuada para encontrar un empleo. Es absurdo dejar un currículum para un puesto comercial si nuestra capacidad para relacionarnos con desconocidos no está entre nuestros talentos.

Busca el talento que hay en ti.

Diálogos trepidantes

Hace algunos meses compartí unas cervezas en La Alameda de Sevilla con Salvador Navarro. Allí mismo me dedicó un ejemplar de la que era su última novela y comentó algo sobre el color de mi camiseta y el contraste que hacía en la foto que nos hicimos. En estas palabras que resalto en cursiva está volcada buena parte de la vida que lleva y firma el que se hace llamar en las redes sociales @borenavarro, sus aficiones, gustos, su vida literaria y su capacidad de encontrar la clave en cualquier detalle cotidiano.

Conforme avanzaba mi lectura de Y si aparece recopilaba imágenes y recuerdos de nuestras charlas. Me doy cuenta ahora de que esas miradas sostenidas acompañadas de preguntas o comentarios sobre este o aquel sitio no eran sospechas del todo inocentes, algo tramaba. El color de mi camiseta, que ha terminado en la portada, el intercambio de cumplidos demasiado bien estructurados, las preguntas, el interés por el barrio de San Diego… Puedo seguir.

Salvador Navarro condensa en sus novelas sus inquietudes vitales, sus juegos mentales y su maestría para usar la confusión y el engaño como leitmotiv de la narración. Maneja la mentira como recurso literario para sostener la historia siempre arriba. Y en esta última novela no ha dudado en elevar la tensión desde el comienzo.

Y si aparece es un desfile de gente interesante, aunque nadie conozca a nadie, y de personajes transversales que no resultan definitivos hasta el último momento. En vez de «cada detalle cuenta», aquí hay que tener presente que «cada personaje cuenta».

En vez de «cada detalle cuenta», aquí hay que tener presente que «cada personaje cuenta».

Salvador Navarro tiene el valor creativo de usar el diálogo para construir protagonistas definidos al detalle, una dificultad añadida que le acerca al exceso y que se convierte en marca personal de la narración. Creo que asume una responsabilidad muy alta como escritor, es complicado contar tanto mientras el lector solo oye una conversación.

Salva sabe de las posibilidades de la ficción narrativa y las maneja para lo que quiere transmitir. Corre el riesgo como cualquier escritor de no ser creíble, de quedar al límite de la verosimilitud por mostrar los pormenores y lo cotidiano de esta forma. Algo así como si a un pintor se le achaca que sus cuadros son exageradamente realistas, que nadie ve nada con tanto detalle, que la vista humana no sabe hacerlo, que una gota de sudor no puede reflejar el entorno del observador. Pero si ese realismo es el mensaje, ¿qué puede hacer el narrador? Debe hacerlo. Este recurso muestra la mirada, el dolor, la incertidumbre o la sorpresa. A veces el lector ocupa una plaza más en el sofá que aparece en escena.

A veces el lector ocupa una plaza más en el sofá que aparece en escena.

A pesar de todo, entre diálogos y personajes, aparece su prosa. Frases cortas, con sentido, sugerentes y que invitan a pensar y emocionarse. Esta vez Salvador Navarro ha sido más reservado, por momentos no acudía el narrador al espacio que quedaba para sentenciar. Avisó en el acto de presentación que era una forma de probar cosas nuevas, de escribir más rápido. Por ahí se va a librar, pero le tengo que pedir que en adelante no ahorre tanto ahí, tiene habilidades y recursos para hacer reposar al lector al final de cualquier escena. Casi creo que es un sello que le define.

En definitiva, estamos ante un paso más de la vida literaria de Salvador Navarro, el ingeniero de Renault que quería estudiar filosofía y que no puede dejar de escribir ficción. Ritmo trepidante digno de una serie de éxito, maestría en la construcción de los personajes, tramas que son puzles inverosímiles con apariencia surrealista, música, literatura y tensa espera para que en la última página todo encaje. Abstenerse impacientes.

EL VALOR DE LOS SUEÑOS

“El ser humano, un dios cuando sueña y apenas un mendigo cuando piensa.”

Hölderling. Hyperion

El Capricho 43 de Francisco de Goya viene con la inscripción “El sueño de la razón produce monstruos”. El mensaje está mandado en las vísperas del siglo XIX europeo, unos años en los que el pensamiento ilustrado está apurando las opciones de salvación de la humanidad. La crítica del artista aragonés tiene una intención, desmantelar el poder absoluto de la razón que había sido asignado como liberador de la especie elegida para la gloria.

No se trata de anular su uso ni de ridiculizar su utilidad, el cálculo racional y la lógica matemática nos asiste en situaciones de necesidad de orden y pensamiento deductivo. La denuncia de los artistas que siguieron al visionario Goya trae el mensaje de que la razón humana tiene límites, que si se traspasan puede llevarnos al lado más oscuro de la superstición y la magia. Y esos límites son naturalmente los albores del arte, la música y la poesía.

Podemos seguir por ese camino y creernos en posesión de la verdad, solo por usar la lógica como única vía para solucionar problemas, o podemos combinar razón y emoción, lógica y pasión, sueños y vigilia, de forma equilibrada para dar pasos firmes y seguros junto al ingenio de la humanidad.

El ser humano no es nada sin sus sueños, sin sus locuras, sin sus creaciones y sentimientos. Es un animal condenado al fracaso si cree en el poder absoluto de la luz de la razón. Las sombras están y acompañan a cada haz de claridad que provoca el pensamiento.

Ese mensaje de salvación ilustrado duró poco, aunque la humanidad todavía se resiste a desestimarlo, vino el romanticismo y vinieron las grandes guerras. Porque ese sueño es recurrente, este existente abandonado a su suerte que somos se refugia una y otra vez en la seguridad de lo demostrado y calculado. Queremos pruebas, porque nos pone muy nerviosos lo incierto.

Nuestro tiempo nos advierte constantemente de la necesidad del ingenio y la pasión en lo que proyectemos. Nuestras vidas dependen como nunca de nuestras particulares iniciativas emprendedoras.

La creatividad es la energía de nuestro tiempo. Debió ser siempre así.