Vacunarse es un problema ético

El dilema entre vacunarse o no vacunarse no es un problema sanitario y, mucho menos, científico. Eso está más que resuelto. Hacerlo o no es un problema ético y social.

Nuestro estado del bienestar le debe bastante al avance científico. Desde que se le dobló el brazo a la Iglesia para poder dar credibilidad a los datos que arrojaban los experimentos, se puso en marcha una maquinaria racional jamás vista. Las herramientas de las matemáticas y la obsesión por solucionar problemas humanos para mejorar la vida, fueron dando resultados que alimentaron la fe en la ciencia.

Esa ciencia desmelenada arrasó durante décadas y llegó a ocupar espacios que no le correspondían. La humanidad consiguió con el tiempo establecer normas para domeñar sus impulsos, fue el principio de una nueva relación de la humanidad con la ciencia en la que estamos recién instalados. Una comunión sustentada por la ética.

El origen de la Bioética se sitúa en torno a los años 70 del siglo XX, pero podemos remontarnos a aquel Código de Nuremberg, fruto de las deliberaciones y sentencias del famoso juicio con el mismo nombre. Desde ese momento ya se puede valorar moralmente si lo que hace y prescribe el científico es bueno o malo, y si lo puedo elegir si me afecta. Hasta entonces la ciencia campaba a sus anchas, la relación paternalista con el ignorante paciente asumía la incuestionable bondad del saber basado en hechos.

Y hemos llegado hasta aquí por estas cosas. Se sabe muchísimo sobre virus, bacterias y vacunas. Los no avezados en la investigación científica solo podemos usar el sentido común para establecer una relación entre la historia de la ciencia, la medicina y las estadísticas. Los números nos dicen que algo ha pasado. Aquí detengo el relato, porque cada cuál puede llevarlo a su terreno, sobre todo si no tenemos ni idea de ciencia o medicina. La ciencia se convierte en ficción con el atrevimiento, la imaginación, la ignorancia o con alguna cerveza de más.

Así, la ciencia sigue haciendo su trabajo, eterno e infinito, falsable y mejorable, útil y revisable. Nos dará consejos sustentados en evidencias, probabilidades y teorías. Vacunarse o no vacunarse ya pasa a ser un problema ético y social.

Si alguien quiere jugar a ser científico, que lo haga sin molestar a nadie (esa es la primera premisa de la libertad). Pero, si se convive en una sociedad en la que se le da credibilidad a la investigación científica, hay que asumir ciertas reglas. En Bioética hay cuatro principios, el de autonomía del paciente prevalece hasta que choca con el de justicia, y eso significa que hay que contar con que no vivimos solos en este mundo. Por eso, vacunarse o no vacunarse es un problema bioético.

Estamos de paso, no se escapa nadie.

Considero a Nietzsche como el que mejor ha intentado bajar de los burros a los crecidos ilustrados de turno. Deberíamos volver a Nietzsche de vez en cuando y acabar con las discusiones estériles de las redes sociales. Nuestra ambición racional, aquella que quiere cerrar el círculo a toda costa, que se obsesiona por la verdad, no sabe parar antes del bloqueo. Una retirada a tiempo es una victoria.

Ser moderno siempre fue una moda. Y no lo digo en el uso cotidiano de la palabra, me refiero a su sentido filosófico, a ese vamos a empezar de nuevo y a dar el discurso definitivo que lo explique todo para poder controlar el mundo a nuestro antojo. Llevar al límite nuestra modernidad trae pensamientos únicos, grandes relatos salvadores, dogmatismos y guerras terminales.

Nietzsche dejó en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral mensajes lapidarios imposibles de replicar. Sobre nuestro intelecto y nuestra naturaleza dice: «Hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada». Cada vez que me encuentro con viejas disputas sobre lo bueno y lo malo siempre termino acordándome de estas palabras.

En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente, cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. Porque no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. No es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo.

La política. Esa gran desconocida.

La política es la ciencia que trata sobre la organización y el gobierno de las sociedades humanas. Gestiona decisiones públicas que afectan a los individuos que conviven. Algo así como lo que la ética es a la persona. Qué está bien o qué está mal, pero para el grupo.

El ser humano comienza a hacer política cuando se tiene que poner de acuerdo para convivir más allá de la familia. Desde entonces debemos tomar decisiones que irremediablemente no son del gusto de todos los miembros de la comunidad a la que afectan.

De alguna forma estamos condenados a entendernos, aunque esto sea imposible. En el mejor de los casos de esta condena nos queda llevarnos lo mejor que podamos, porque nunca vamos a pensar igual. Sin esta premisa, el resto son castillos en el aire.

La justicia, que existe, igual que la libertad, no es ese sueño dorado que imaginamos cada uno para nuestros adentros (ocurre con la libertad). La justicia es un principio moral que regula las acciones y los juicios para que se respete la verdad y se de a cada cual lo que corresponde. Pero como esto es del todo imposible de aclarar, salvo que algún lector sea Dios o crea firmemente en él y en sus consignas, solo nos queda acercarnos a ella. Es decir, hay dos caminos: asumir el error o ser dogmático. O nos equivocamos al tomar decisiones o todos debemos pensar igual.

Así llegamos al bucle histórico de problema, diálogo, democracia, ideas, ideología, pensamiento único, totalitarismo, revolución. Y un no parar. Pueden cambiar algo el orden si prefieren, pero se puede sintetizar en dialéctica amo y esclavo.

Quedémonos con el «pensamiento único». Es el arma arrojadiza del esclavo que quiere ser amo. Es la dinamita de la revolución sobre lo impuesto. Es el insulto más elegante y técnico hacia el poder establecido. Lo usa el que va perdiendo, sea quién sea, que quiere imponer su pensamiento para que se convierta en el único. Nace como crítica al capitalismo, pero como concepto es universal y aplicable a cualquier pretensión de validar un discurso político mediante las mismas hipótesis que lo sostienen, convirtiéndolas en verdades.

Que todos pensemos lo mismo es imposible. En nuestra naturaleza está la diversidad de temperamento, carácter, intereses y valores morales. Complejidad que, proyectada a lo público, nos obliga a asumir que no siempre vamos a estar de acuerdo con las decisiones políticas. Por eso el único error es la intolerancia.

Solo nos queda jugar a llevarnos bien sobre una ética mínima de derechos fundamentales. No podemos unificar el discurso político. Cada uno llevamos dentro una forma de organización social. Hay tantos elementos que intervienen en la gestión pública que las combinaciones se van al infinito, así terminamos poniendo etiquetas ideológicas y nombres a los partidos políticos, que nos venden que las llevarán a la práctica.

Entonces: diálogo, respeto, tolerancia y equilibrio entre lo público y lo privado.

Sobre Murakami

A las personas se les puede dividir sin dificultad en tres grupos: los que no han leído a Murakami en su vida, los que disfrutan de su literatura y los que la odian. Quizás sea una reducción algo exagerada, aunque es muy difícil encontrar a alguien que haya leído algo de él y se haya quedado en la indiferencia.

Murakami es de la generación de mis padres, pero poco que ver con sus vidas. Nace en Kioto y crece en un ambiente absolutamente literario. Tiene su primer éxito internacional con Tokio Blues (la menos parecida a sí mismo) y su obra está traducida a más de 50 idiomas. Se puede decir que es un escritor famoso entre los que nos gusta leer.

El asunto es que provoca amor y rechazo a partes iguales. Hace poco me crucé con dos personas que coincidían en que no les parecía un auténtico escritor, hablaban de él con cierto desprecio y sorna, llegando a decir que era algo así como el Paulo Coelho de la literatura. Otro que también es famoso, aunque a este sí se le conoce fuera del mundillo de los libros. Me faltaban partes en esos juicios que tan convencidos se regalaban. «De la literatura», ¿acaso Paulo Coelho es otra cosa que un escritor (si lo fuere)? ¿Quisieron decir que Paulo Coelho es un filósofo? De ser así no conozco a ningún colega vivo o muerto que le tenga el más mínimo respeto como pensador. Filólogos sí que conozco que aprecian a Murakami, por no entrar en la polémica de su siempre probable Nobel. Ni Coelho es filósofo, ni escritor, dejémoslo en coach.

El error argumentativo lo encuentro en que confunden el gusto personal con el criterio estético. En la misma conversación introduje el tema de Ishiguro Kazuo. Recientemente me había leído Nunca me abandones, recomendado precisamente por una de las personas de la conversación. Este sí es premio Nobel y con todo el reconocimiento internacional que pueda tener Murakami. Pues no me pareció Kazuo de mi gusto, solo bien, sin entrar en detalles. Una literatura de calidad, aunque eché en falta algo más de diversidad de recursos, desde el argumento hasta la complejidad de los personajes (que se agotaban muy pronto). Diría que Kazuo no me gustó, pero a ellos sí.

Si Murakami ha calado en lectores de todo tipo es por la maestría y exclusividad con la que dibuja sus historias. Mundos cotidianos en los que la magia y lo surrealista ocurren con toda la naturalidad con la que el Sol sale por la mañana. Un escritor que introduce su propia vida en su ficción como estructura: baseball, gatos, pozos, cocina japonesa, cerveza, música, mucho jazz, la obsesión por la segunda guerra entre Japón y China, la ropa, las zapatillas blancas, el tejido tweed, la belleza adolescente, los rostros, el mundo interior, los libros… Reconozco que todo esto necesita de un lector que conecte con ese universo, comprendo a aquel que no sea capaz. Si a todos nos gustara todo por igual, el mundo sería más aburrido.

Tengo casi decidido que el próximo que me leeré de Murakami será De qué hablo cuando hablo de correr (no espero una autoayuda para terminar una maratón). Y he llegado hasta aquí porque todo esto lo he escrito en mi cabeza mientras corría, en un lugar tan mágico como los que diseña Hayao Miyasaki en sus animaciones, sintiendo el infinito de un espacio atravesado por una vía del tren absolutamente recta (ya solo vía verde). Porque la literatura tiene ese poder de entrenar nuestra imaginación y hacerla crear más y mejor.

La risa

Como otras tantas cosas, la risa es humana. Hablo de lo cómico, del chiste, de la gracia, de reírnos del mundo. Porque no hay guasa sobre lo natural. Aquí una muestra de un fragmento de Bergson, se admiten comentarios:

«He aquí el primer punto sobre el cual he de llamar la atención. Fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo. Si reímos a la vista de un animal, será por haber sorprendido en él una actitud o una expresión humana. Nos reímos de un sombrero, no por el fieltro o la paja de que se compone motiven por sí mismos nuestra risa, sino por la forma que los hombres le dieron, por el capricho humano en que se moldeó. No me explico que un hecho tan importante, dentro de su sencillez, no haya fijado más la atención de los filósofos.»
Enri Bergson. La risa.

Encontrar el lugar en el mundo

Podemos aspirar a ser únicos. De hecho ya lo somos. Es cuestión de encontrar nuestra característica diferencial que nos haga especiales. Solo hay que buscar en nuestro interior.

El pensamiento filosófico puede ser la herramienta para superar las dificultades vitales y crear un proyecto personal y profesional auténtico. No se puede olvidar que la filosofía es la solución a cada uno de los problemas que ha tenido la humanidad, desde el abandono del mito como principal respuesta a las preguntas humanas, hasta fórmulas para superar la alienación provocada por el uso indiscriminado de las nuevas tecnologías.

Por eso es bueno volver una y otra vez a los grandes mantras filosóficos. Hay uno sobradamente famoso, inscrito en la entrada del templo dedicado a Apolo en Delfos, que invita a los visitantes a buscar en su interior la sabiduría.

“Conócete a ti mismo”. Todo empieza y termina en cada uno de nosotros, si somos capaces de conocernos podremos gobernar nuestra acción. Tenemos una gran cantidad de posibilidades al crear nuestro camino en la vida, pero si no somos conscientes de ellas no tomaremos las decisiones de forma libre.

Lo contrario es ser esclavos de las circunstancias, estar abocados a lo que nos toque, invocar a la suerte en cada una de las decisiones que tomemos.

Sócrates, quizás el primer gran filósofo, se hizo famoso por conversar en Atenas con sus discípulos y hacer que sus ideas aflorasen a través de preguntas. Interpelaba a aquellos jóvenes para que pensaran, no les daba el conocimiento, provocaba que lo encontraran dentro de ellos mismos.

El método de Sócrates actualizado sería algo así como que podemos encontrar respuestas a muchos problemas de una forma más personal y sabia si argumentamos de forma auténtica, si encontramos en nosotros mismos la justificación, los valores y las virtudes que correspondan a lo que somos. Una existencia auténtica pasa por una reflexión sobre los problemas y una búsqueda de las soluciones desde nuestro punto de vista.

Busca las respuestas en tu interior.

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Una cuestión de estilo

Es muy habitual escuchar eso de que «la apariencia no es lo importante». Molesta que te valoren por lo que pareces, por ese «a primera vista», por la impresión que damos, sin atender a lo que se considera «verdaderamente importante».

A pesar de esto, suelo defender en mis clases la importancia del valor estético. Sí, de la apariencia, de lo que mostramos o nos encontramos con los sentidos. De lo que transmite una mirada o un gesto, de lo que escondemos. Detalles, símbolos, orden o limpieza… cada forma es parte del mensaje.

Claro que hay que defender el estilo como parte del ser. Cuando comunicamos oralmente modulamos la voz, gesticulamos, administramos silencios y regulamos la velocidad según convenga. Todo forma parte del cómo queremos que se entienda el mensaje. Además, si no atendemos al estilo y lo dejamos al azar, estamos también afectando a la forma con la que transmitimos lo que queremos hacer llegar a nuestro oyente.

En literatura ocurre igual. ¿He dicho igual? No. La literatura es un arte, antes he hablado de comunicar. Imaginen la importancia de la estética en la poética. Crear con la palabra para hablar del dolor, del sufrimiento, de la traición, del amor, de la amistad, de la vida o de la muerte, es mucho más que contar una historia. Esta se convierte en el soporte de un estilo y la forma pasa a ser el mensaje.

En el arte el estilo es el mensaje. Con él se transmiten sentimientos, intenciones y se interpela al receptor para que sea parte de la obra. ¿Cómo vamos a pensar que la apariencia no es importante?

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TABULA RASA

Esta expresión latina significa literalmente “tablilla raspada”. Se refiere a una tabla de cera o de pizarra en la que no hay nada. Hubo un tiempo en el que se usaba para escribir y la única forma de borrar era alisando la superficie como si borramos lo escrito en la arena de la playa.

Ha llegado a nuestros días como una forma de decir que empezamos desde cero. En filosofía, hablar de “tabula rasa” es plantear que el conocimiento humano al nacer viene vacío, sin nada original, sin ideas innatas pertenecientes a nuestra propia naturaleza.

La consecuencia de esto es que cuando partimos de cero todo lo conocido se va ordenando según llega por la experiencia. La mente al nacer es un papel en blanco sin ideas. Que vamos rellenando a partir de los datos procedentes de los sentidos.

Más allá de este debate filosófico nunca resuelto, como la mayoría de los asuntos del pensamiento, puede resultar útil recurrir a esta figura retórica para ponerla al servicio de nuestra vida. De alguna manera partimos de cero en muchas circunstancias, nos aventuramos en situaciones desconocidas en las que puede ser bueno desprenderse de todos los prejuicios, sobre todo cuando no nos sirven para nada por la novedad de lo que nos ocurre.

Lo que proponemos es que en cada camino que vayamos creando nos quitemos de encima reglas y vicios que nos parecen imprescindibles, que nos desprendamos del lastre sobrante que provoca la experiencia y que vela nuestro entendimiento para afrontar nuevos retos.

En cada nueva aventura conviene partir con la mente de un niño, ser un nuevo creador de reglas, volver a escribir sobre la tabla lisa como si acabásemos de llegar. Construir un edificio sobre cimientos y ruinas de otros no augura un buen futuro.

Hacer “tabula rasa” en tiempos de cambio. Un esfuerzo de la voluntad, el entendimiento y la inteligencia.

Necesidades artificiales

El ser humano tiene muchas peculiaridades que le hacen ser especial en el reino animal. Se pueden resumir todas en una: no está determinado. Su naturaleza es la falta de ella, se encuentra arrojado a un mundo sin instrucciones, nace a merced de su entorno, depende de la educación que reciba en el contexto cultural que le toque vivir. Si algo lo determina es la circunstancia que no eligió, aunque en ella puede ser único e irrepetible.

En efecto, terminamos siendo individuos, seres con características propias en una vida temporal ligada a la historia y a los elementos culturales del entorno. El hecho de no estar determinado de forma natural por sus instintos, que son anecdóticos, las necesidades vitales vienen dadas por las circunstancias.

Es ahí, en el mundo que nos toca vivir donde nos dedicamos a reproducir necesidades sin cesar. Nuestra existencia llega a convertirse en una fábrica de creación de cosas que nos hacen falta para vivir, es un continuo «querer más», un realizarse sin fin, una carrera sin meta.

Es el ser humano el animal que crea necesidades. De su control depende nuestra felicidad.

TÍTULOS Y TRAMAS

En uno de esos mundos en los que ando metido encontré hace tiempo a un escritor auténtico, si se puede dejar de calificar así a cualquier escritor que se precie. Por azares del destino conocí a Salvador Navarro y con el tiempo pude acceder a una de sus obras.

Los años que llevo en el mundo editorial me han servido para reconocer mi torpeza leyendo y a valorar la grandeza de la literatura. He depurado la técnica autodidacta con mecanismos como conocer al escritor o al lector empedernido y ser todo oídos. A Salvador Navarro no lo leí hasta que no pude estar frente a él cuando firmaba libros en una caseta de feria (de libros). A partir de ahí, sus perfiles en las redes sociales, comentarios cruzados, encuentros literarios, amigos comunes… a leerlo.

Eso fue hace algunos años. Ahora acabo de terminar su última novela Nunca sabrás quién fui. Ya le llevo leídas tres y va a más en complejidad, ritmo, elaboración de sus personajes y trama. Sus títulos, que son ya un argumento, sus miradas, que se van volviendo con el tiempo guiños, una forma magistral de cruzar personajes, la confusión intencionada en los roles, el manejo de los planos temporales… ingredientes que se están convirtiendo en una marca personal.

Encuentro en sus novelas nobleza en forma de sinceridad, coherencia, gente que escucha, ojos bonitos y limpios, sensualidad, belleza física y espiritual… Se come bien, sí. Se viaja mucho en sus historias y se conocen rincones poco transitados de ciudades saturadas. Sus personajes tiene la misma dificultad que la trama y que el título. Es narrativa contemporánea, realista, mágica y simbólica.

En NUNCA SABRÁS QUIÉN FUI está todo elevado al máximo. Es algo así como la novela que siempre tuvo en mente. Recurre a su propio personaje como escritor como inspiración del argumento, lo dibuja con metaliteratura y juega a la confusión entre realidad y ficción hasta el final. Se exprime, pero, solo es literatura, no hay más que eso.

Y siempre una mujer, siempre un hombre y siempre un vino.