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Francis Bacon y Descartes

El Novum Organum de Bacon se publica diecisiete años antes que el Discurso del Método de Descartes. La obsesión por la renovación es lo propio de la actitud moderna. El ser moderno es una forma de entender la vida en la que hay que hacer algo nuevo para que sea realmente bueno. Lo nuevo no es arreglar, lo nuevo (lo moderno) es construir desde cero lo que siempre se ha querido cuando se veía lo antiguo. Esta obra de Bacon no tiene nada que envidiar a la de Descartes, su contribución histórica se asemeja bastante al pensador de la duda.

Quizás lo más importante que haya dejado para la eternidad Bacon sea su planteamiento sobre los ídolos que hay que destruir en el entendimiento humano para poder avanzar hacia la verdad sin sentirse tentado por ningún prejuicio. El proyecto se divide en dos: destruir y construir. Destruir para poder estar seguro de que no haya nada admitido de lo que no se tenga certeza y construir según unas reglas estrictas de interpretación de la naturaleza.

Destruir para dejar un solar vacío. Hay cuatro tipos de ídolos: 1. los de la tribu, los que están en la naturaleza humana misma, a los que el propio entendimiento se siente empujado a suponer. 2. los de la caverna, que se originan en el sujeto particular, en nuestro interior que todo lo dispersa y oscurece. 3. los del foro, los que nos tragamos por costumbre, porque tendemos a admitir lo que todo el mundo hace por verdadero. 4. y los del teatro, los que vemos en los sistemas filosóficos que ha habido hasta ahora.

Todo lo que se sabe hay que dejarlo a un lado como falso porque confunde si pretendemos empezar de cero.

El Novum Organum de Bacon se publica diecisiete años antes que el Discurso del Método de Descartes. La obsesión por la renovación es lo propio de la actitud moderna. El ser moderno es una forma de entender la vida en la que hay que hacer algo nuevo para que sea realmente bueno. Lo nuevo no es arreglar, lo nuevo (lo moderno) es construir desde cero lo que siempre se ha querido cuando se veía lo antiguo. Esta obra de Bacon no tiene nada que envidiar a la de Descartes, su contribución histórica se asemeja bastante al pensador de la duda.

Quizás lo más importante que haya dejado para la eternidad Bacon sea su planteamiento sobre los ídolos que hay que destruir en el entendimiento humano para poder avanzar hacia la verdad sin sentirse tentado por ningún prejuicio. El proyecto se divide en dos: destruir y construir. Destruir para poder estar seguro de que no haya nada admitido de lo que no se tenga certeza y construir según unas reglas estrictas de interpretación de la naturaleza.

Destruir para dejar un solar vacío. Hay cuatro tipos de ídolos: 1. los de la tribu, los que están en la naturaleza humana misma, a los que el propio entendimiento se siente empujado a suponer. 2. los de la caverna, que se originan en el sujeto particular, en nuestro interior que todo lo dispersa y oscurece. 3. los del foro, los que nos tragamos por costumbre, porque tendemos a admitir lo que todo el mundo hace por verdadero. 4. y los del teatro, los que vemos en los sistemas filosóficos que ha habido hasta ahora.

Todo lo que se sabe hay que dejarlo a un lado como falso porque confunde si pretendemos empezar de cero.

“Los ídolos y las nociones falsas que han invadido ya la humana inteligencia, echando en ella hondas raíces, ocupan la inteligencia de tal suerte, que la verdad sólo puede encontrar a ella difícil acceso; y no sólo esto: sino que, obtenido el acceso, esas falsas nociones, concurrirán a la restauración de las ciencias, y suscitarán a dicha obra obstáculos mil, a menos que, prevenidos los hombres, se pongan en guardia contra ellos, en los límites de lo posible.”

Francis Bacon. Novum Organum

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Descartes. Edificios antiguos.

“…no hay tanta perfección en las obras compuestas de varios trozos y hechas por diferentes maestros como en aquéllas en que uno solo ha trabajado. Se ve, en efecto, que los edificios que han emprendido y acabado un solo arquitecto suelen ser más bellos y mejor ordenados que aquellos otros que varios han tratado de restaurar, sirviéndose de antiguos muros construidos para otros fines. Esas viejas ciudades que no fueron al principio sino aldeas y que con el transcurso del tiempo se convirtieron en grandes ciudades, están ordinariamente muy mal trazadas si las comparamos con esas plazas regulares que un ingeniero diseña a su gusto en una llanura; y, aunque considerando sus edificios uno por uno, encontrásemos a menudo en ellos tanto o más arte que en los de las ciudades nuevas, sin embargo, viendo cómo están dispuestos -aquí uno grande, allá uno pequeño- y cuán tortuosas y desiguales son por esta causa las calles, diríase que es más bien el azar, y no la voluntad de unos hombres provistos de razón, el que los ha dispuesto así.”

Descartes. Discurso del método. Segunda parte.

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El mundo de Sofía. El molde

“… Una sola pasta con figura del hombre puede resultar tan imperfecta, después de todos los procesos de elaboración, que resulte difícil ver lo que pretende ser. Pero después de haber visto veinte o treinta pastas de ese tipo, que puede ser más o menos perfectas, sabré con mucha certeza cómo es el molde, incluso aunque nunca lo haya visto…”

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Los puntos de vista

Una de las principales características que manifiesta una persona madura es la capacidad de ponerse en diversos puntos de vista de la realidad sin perder la suya propia. No es fácil porque podemos caer en la tentación inconsciente de ir vagando por ahí de perspectiva en perspectiva sin ser nadie y queriendo ser todo el mundo al mismo tiempo. La aspiración es algo tendenciosa y absolutista, no menos peligrosa que la de no ser capaz de salir de sí nunca, entendiendo a los demás como unos cuantos bichos raros que no dejan de quejarse e inventar problemas y soluciones extrañas.

No tengo ni idea de cuanto tengo de uno y cuanto de otro, lo que sí puedo decir es que ando atento por si caigo en uno de esos extremos y que los considero indeseables. Mi punto de vista existe y puede que me obsesione demasiado en que sea auténtico, propio, único, abierto y flexible, un punto de vista que aspira a alcanzar a ver otros puntos de vista. Desde luego que es mi apuesta porque seguro del todo no estoy.

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Husserl. Meras ciencias de hechos.

“La exclusividad con la que en la segunda mitad del siglo XIX se dejó determinar la visión entera del mundo del hombre moderno por las ciencias positivas y se dejó deslumbrar por la ‘prosperity’ hecha posible por ellas, significó paralelamente un desvío indiferente respecto de las cuestiones realmente decisivas para una humanidad auténtica. Meras ciencias de hechos hacen meros hombres de hechos [...] En nuestra indigencia vital -oímos decir- nada tiene esta ciencia que decirnos. Las cuestiones que excluye por principio son precisamente [...] las cuestiones relativas al sentido o sinsentido de esta entera existencia humana”

Edmund Husserl. Crisis de las ciencias europeas

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Si todavía no has entrado

clase2BA

Por si todavía no has entrado en la web aquí tienes la foto que os he hecho en la clase esta mañana. Pero, como no es gratuita una entrada en esta web te diré que hoy hemos hecho una clase muy productiva: No es fácil pasarlo bien hablando del mito del carro alado de Platón, relacionar su visión alegórica del alma con su teoría del conocimiento y con su ética. Y lo que es aún mejor, hemos metido una cita de Platón, que está colgada aquí en anantes, en la que habla de como debemos dominar esas dos partes del alma tan contrapuestas y tan necesaria: la prudencia y la valentía.

El carro tiende hacia arriba porque nuestra alma pretende cumplir su naturaleza que es volver a su origen. Pero nuestras almas no son perfectas y deberán ser ordenadas para ese fin. El conocimiento es ascenso y lo virtuoso es cumplir con la naturaleza de las partes del alma: ser sabio, ser prudente y ser valiente.

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Platón. Carro alado.

carro

“Sobre su inmortalidad, pues, basta con lo dicho. Acerca de su idea debe decirse lo siguiente: descubrir cómo es el alma sería cosa de una investigación en todos los sentidos y totalmente divina, además de larga; pero decir a qué es semejante puede ser el objeto de una investigación humana y más breve; procedamos, por consiguiente, así. Es, pues, semejante el alma a cierta fuerza natural que mantiene unidos un carro y su auriga, sostenidos por alas. Los caballos y aurigas de los dioses son todos ellos buenos y constituidos de buenos elementos; los de los demás están mezclados. En primer lugar, tratándose de nosotros, el conductor guía una pareja de caballos; después, de los caballos, el uno es hermoso, bueno y constituido de elementos de la misma índole; el otro está constituido de elementos contrarios y es él mismo contrario. En consecuencia, en nosotros resulta necesariamente dura y difícil la conducción.
Hemos de intentar ahora decir cómo el ser viviente ha venido a llamarse “mortal” e “inmortal”. Toda alma está al cuidado de lo que es inanimado, y recorre todo el cielo, revistiendo unas veces una forma y otras otra. Y así, cuando es perfecta y alada, vuela por las alturas y administra todo el mundo; en cambio, la que ha perdido las alas es arrastrada hasta que se apodera de algo sólido donde se establece tomando un cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo a causa de la fuerza de aquella, y este todo, alma y cuerpo unidos, se llama ser viviente y tiene el sobrenombre de mortal. En cuanto al inmortal, no hay ningún razonamiento que nos permita explicarlo racionalmente; pero, no habiéndola visto ni comprendido de un modo suficiente, nos forjamos de la divinidad una idea representándonosla como un ser viviente inmortal, con alma y cuerpo naturalmente unidos por toda la eternidad. Esto, sin embargo, que sea y se exponga como agrade a la divinidad. Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue.
La fuerza del ala consiste, naturalmente, en llevar hacia arriba lo pesado, elevándose por donde habita la raza de los dioses, y así es, en cierto modo, de todo lo relacionado con el cuerpo, lo que en más grado participa de lo divino. Ahora bien: lo divino es hermoso, sabio, bueno, y todo lo que es de esta índole; esto es, pues, lo que más alimenta y hace crecer las alas; en cambio, lo vergonzoso, lo malo, y todas las demás cosas contrarias a aquellas, las consume y las hace perecer. Pues bien: el gran jefe del cielo, Zeus, dirigiendo su carro alado, marcha el primero, ordenándolo todo y cuidándolo. Le sigue un ejército de dioses y demonios ordenado en once divisiones pues Hestia queda en la casa de los dioses, sola. Todos los demás clasificados en el número de los doce y considerados como dioses directores van al frente de la fila que a cada uno ha sido asignada. Son muchos en verdad, y beatíficos, los espectáculos que ofrecen las rutas del interior del cielo que la raza de los bienaventurados recorre llevando a cabo cada uno su propia misión, y los sigue el que persevera en el querer y en el poder, pues la Envidia está fuera del coro de los dioses. Ahora bien, siempre que van al banquete y al festín, marchan hacia las regiones escarpadas que conducen a la cima de la bóveda del cielo. Por allí, los carros de los dioses, bien equilibrados y dóciles a las riendas, marchan fácilmente, pero los otros con dificultad, pues el caballo que tiene mala constitución es pesado e inclina hacia la tierra y fatiga al auriga que no lo ha alimentado convenientemente. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo.
A este lugar supraceleste, no lo ha cantado poeta alguno de los de aquí abajo, ni lo cantará jamás como merece, pero es algo como esto -ya que se ha de tener el coraje de decir la verdad, y sobre todo cuando es de ella de la que se habla-: porque, incolora, informe, intangible esa esencia cuyo ser es realmente ser, vista sólo por el entendimiento, piloto del alma, y alrededor de la que crece el verdadero saber, ocupa, precisamente, tal lugar. Como la mente de lo divino se alimenta de un entender y saber incontaminado, lo mismo que toda alma que tenga empeño en recibir lo que le conviene, viendo, al cabo del tiempo, el ser, se llena de contento, y en la contemplación de la verdad, encuentra su alimento y bienestar, hasta que el movimiento, en su ronda, la vuelva a su sitio. En esta giro, tiene ante su vista a la misma justicia, tiene antes su vista a la sensatez, tiene ante su vista a la ciencia, y no aquella a la que le es propio la génesis, ni la que, de algún modo, es otra al ser en otro -en eso otro que nosotros llamamos entes-, sino esa ciencia que es de lo que verdaderamente es ser. Y habiendo visto, de la misma manera, todos los otros seres que de verdad son, y nutrida de ellos, se hunde de nuevo en el interior del cielo, y vuelve a su casa. Una vez que ha llegado, el auriga detiene los caballos ante el pesebre, le echa pienso y ambrosía, y los abreva con néctar.
Tal es pues la vida de los dioses. De las otras almas, la que mejor ha seguido al dios y más se le parece, levanta la cabeza del auriga hacia el lugar exterior, siguiendo, en su giro, el movimiento celeste, pero, soliviantada por los caballos, apenas si alcanza a ver los seres. Hay alguna que, a ratos, se alza, a ratos se hunde y, forzada por los caballos, ve unas cosas sí y otras no. Las hay que, deseosas todas de las alturas, siguen adelante, pero no lo consiguen y acaban sumergiéndose en ese movimiento que las arrastra, pateándose y amontonándose, al intentar ser unas más que otras. Confusión, pues, y porfías y supremas fatigas donde, por torpeza de los aurigas, se quedan muchas renqueantes, y a otras muchas se les parten muchas alas. Todas, en fin, después de tantas penas, tiene que irse sin haber podido alcanzar la visión del ser; y, una vez que se han ido, les queda sólo la opinión por alimento. El porqué de todo este empeño por divisar dónde está la llanura de la Verdad, se debe a que el pasto adecuado para la mejor parte del alma es el que viene del prado que allí hay, y el que la naturaleza del ala, que hace ligera al alma, de él se nutre. Así es, pues, el precepto de Adrastea. Cualquier alma, que, en el séquito de lo divino, haya vislumbrado algo de lo verdadero, estará indemne hasta el próximo giro y, siempre que haga lo mismo, estará libre de daño. Pero cuando, por no haber podido seguirlo, no lo ha visto, y por cualquier azaroso suceso se va gravitando llena de olvido y dejadez, debido a este lastre, pierde las alas y cae a tierra”
Platón. Fedro, 246 d 3- 248

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Platón. Interpretación de la Caverna.

“Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que anteriormente ha sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada-prisión, y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el ascenso y contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea de Bien”

Platón. La República. Libro VII.

 

 

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Las matemáticas

calatrava

Las matemáticas surgen cuando intentamos comprender los datos percibidos por los sentidos. Estos datos se abstraen y se intentan comprender. Estudia las propiedades y relaciones de los entes abstractos (números, figuras geométricas y símbolos). Como lo que nos interesa para la clase es entenderla con respecto a Platón y con respecto a comprender cuales son las ciencias formales, entonces vamos a centrarnos en la geometría que vale para las dos cosas.

La geometría se ocupa de las propiedades de las figuras geométricas en el plano (2D) y en el espacio (3D). Un punto es una figura geométrica, también lo es una circunferencia o un poliedro. Sin complicarnos las vida tanto como lo han hecho quienes han estudiado las matemáticas nos quedaremos con que la geometría se construye sobre un sistema axiomático, que define los elementos básicos y construye el sistema a partir de ellos de forma DEDUCTIVA (necesaria). Más allá de esos elementos básicos no hay nada más, son ciertos sin más.

El punto, la recta y el plano es lo más básico: son entes geométricos fundamentales. Y los postulados característicos de la geometría describen y determinan las principales relaciones entre esas cosas llamadas entes geométricos fundamentales.

Los Postulados característicos son: 

  1. Existen infinitos puntos, rectas y planos.
  2. Por un punto pasan infinitas rectas y planos.
  3. Dos puntos determinan una recta a la cual pertenecen.
  4. Por una recta pasan infinitos planos.
  5. Una recta y un punto exterior a ella, determinan un plano al que pertenecen.
  6. La recta determinada por dos puntos de un plano, pertenece al mismo plano.
  7. A un plano o recta pertenecen infinitos puntos y, también, existen infinitos puntos exteriores.

Como ves todo es lógico, muy básico y comprensible, porque las matemáticas no pueden jugar a probabilidades con sus conceptos básicos. Relacionar estos postulados, definir los elementos de la geometría es elemental para construir una ciencia que haga comprender el espacio físico. Si quieres saber algo más ahí tienes internet y todo un mundo de verdades y mentiras que separar.

¿Qué debes sacar en claro de todo esto? Pues que las matemáticas trabajan con ideas, como le gustaba a Platón pensar para alcanzar la verdad de las cosas. Que razona deductivamente, es decir, que no hay nada nuevo pero no se equivoca. Date cuenta como se define una circunferencia, algo que existe más allá de que seamos capaces de dibujarla o pensarla:

Una circunferencia es el lugar geométrico de los puntos del plano equidistantes de otro fijo, llamado centro.

La que yo dibujo en la pizarra hace que pienses en algo así.

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Caso Semmelsweis

“Como simple ilustración de algunos aspectos importantes de la investigación científica, parémonos a considerar los trabajos de Semmelweis en relación con la fiebre puerperal. Ignaz Semmelweis, un físico de origen húngaro, realizó esos trabajos entre 1844 y 1848 en el Hospital General de Viena. Como miembro del equipo médico de la Primera División de Maternidad del hospital, Semmelweis se sentía angustiado al ver que una gran proporción de las mujeres que habían dado a luz en esa división contraían una seria y con frecuencia fatal enfermedad conocida como fiebre puerperal o fiebre de sobreparto. En 1844, hasta 260, de un total de 3.157 madres de la División Primera – un 8’2%- murieron de esa enfermedad; en 1845, el índice de muertes era del 6’8%, y en 1846, del 11’4%. Estas cifras eran sumamente alarmantes, porque en la adyacente Segunda División de Maternidad del mismo hospital, en la que se hallaban instaladas casi tantas mujeres como en la Primera, el porcentaje de muertes por fiebre puerperal era mucho más bajo: 2’3%, 2%, 2’7% en los mismos años. En un libro que escribió más tarde sobre las causas y la prevención de la fiebre puerperal, Semmelweis relata sus esfuerzos para resolver este terrible rompecabezas.

Semmelweis empezó por examinar varias explicaciones del fenómeno, corrientes en la época; rechazó algunas que se mostraban incompatibles con hechos bien establecidos; a otras las sometió a contrastación.

Una opinión ampliamente aceptada atribuía las olas de fiebre puerperal a “influencias epidémicas”, que se describían vagamente como “cambios atmosférico-cósmico-telúricos”, que se extendían por distritos enteros y producían la fiebre puerperal en mujeres que se hallaban de sobreparto. Pero ¿cómo –argüía Semmelweis- podían esas influencias haber infestado durante años la División Primera y haber respectado la Segunda? Y ¿Cómo podía hacerse compatible esta concepción con el hecho de que mientras la fiebre asolaba el hospital, apenas se producía caso alguno en la ciudad de Viena o sus alrededores? Una epidemia de verdad, como el cólera, no sería tan selectiva. Finalmente, Semmelweis señala que algunas de las mujeres internadas en la División Primera que vivían lejos del hospital se habían visto sorprendidas por los dolores de parto cuando iban de camino, y habían dado a luz en la calle; sin embargo, a pesar de esas condiciones adversas, el porcentaje de muertes por fiebre puerperal entre estos casos de “parto callejero” era más bajo que el de la División Primera.

Según otra opinión, una causa de mortandad en la División Primera era el hacinamiento. Pero Semmelweis señala que de hecho el hacinamiento era mayor en la División Segunda, en parte como consecuencia de los esfuerzos desesperados de las pacientes para evitar que las ingresaran en la tristemente célebre División Primera. Semmelweis descartó asimismo dos conjeturas similares haciendo notar que no había diferencias entre las dos divisiones en lo que se refería a la dieta y al cuidado general de las pacientes.

En 1846, una comisión designada para investigar el asunto atribuyó la frecuencia de la enfermedad en la División Primera a las lesiones producidas por los reconocimientos poco cuidadosos a que sometían a las pacientes los estudiantes de medicina, todos los cuales realizaban sus prácticas de obstetricia en esta División. Semmelweis señala, para refutar esta opinión, que a) las lesiones producidas naturalmente en el proceso del parto son mucho mayores que las que pudiera producir un examen poco cuidadoso; b) las comadronas que recibían enseñanzas en la División Segunda reconocían a sus pacientes de modo muy análogo, sin por ello producir los mismos efectos; c) cuando, respondiente al informe de la comisión, se redujo a la mitad el número de estudiantes y se restringió al mínimo el reconocimiento de las mujeres por parte de ellos, la mortalidad, después de un breve descenso, alcanzó sus cotas más altas.

Se acudió a varias explicaciones psicológicas. Una de ellas hacía notar que la División Primera estaba organizada de tal modo que un sacerdote que portaba los últimos auxilios a una moribunda tenía que pasar por cinco salas antes de llegar a la enfermería: se sostenía que la aparición del sacerdote, precedido por un acólito que hacía sonar una campanilla, producía un efecto terrorífico y debilitante en las pacientes de las salas y las hacía así más propicias a contraer la fiebre puerperal. En la División Segunda no se daba este factor adverso, porque el sacerdote tenía acceso directo a la enfermería. Semmelweis decidió someter a prueba esta suposición. Convenció al sacerdote de que debía dar un rodeo y suprimir el toque de campanilla para conseguir que llegara a la habitación de la enferma en silencio y sin ser observado. Pero la mortalidad no decreció en la División Primera.

A Semmelweis se le ocurrió una nueva idea: las mujeres, en la División Primera, yacían de espaldas; en la Segunda, de lado. Aunque esta circunstancia le parecía irrelevante, decidió, aferrándose a un clavo ardiendo, probar a ver si la diferencia de posición resultaba significativa. Hizo, pues, que las mujeres internadas en la División Primera se acostaran de lado, pero, una vez más, la mortalidad continuó.

Finalmente, en 1847, la casualidad dio a Semmelweis la clave para la solución del problema. Un colega suyo, Kolletschka, recibió una herida penetrante en un dedo, producida por el escalpelo de un estudiante con el que estaba realizando una autopsia, y murió después de una agonía durante la cual mostró los mismos síntomas había observado en las víctimas de la fiebre puerperal. Aunque por esa época no se había descubierto todavía el papel de los microorganismos en ese tipo de infecciones, Semmelweis comprendió que la “materia cadavérica” que el escalpelo del estudiante había introducido en la corriente sanguínea de Kolletschka había sido la causa de la fatal enfermedad de su colega, y las semejanzas entre el curso de la dolencia de Kolletschka y el de las mujeres de su clínica llevó a Semmelweis a la conclusión de que sus pacientes habían muerto por un envenenamiento de la sangre del mismo tipo: él, sus colegas y los estudiantes de medicina habían sido los portadores de la materia infecciosa, porque él y su equipo solían llegar a las salas inmediatamente después de realizar disecciones en la sala de autopsias, y reconocían a las parturientas después de haberse lavado las manos sólo de un modo superficial, de modo que éstas conservaban a menudo un característico olor a suciedad.

Una vez más, Semmelweis puso a prueba esta posibilidad. Argumentaba él que si la suposición fuera correcta, entonces se podría prevenir la fiebre puerperal destruyendo químicamente el material infeccioso adherido a las manos. Dictó, por tanto, una orden por la que se exigía a todos los estudiantes de medicina que se lavaran las manos con una solución de cal clorurada antes de reconocer a ninguna enferma. La mortalidad puerperal comenzó a decrecer, y en el año 1848 descendió al 1’27% en la División Primera, frente al 1’33% de la Segunda.

En apoyo de su idea, o, como también diremos, de su hipótesis, Semmelweis hace notar además que con ella se explica el hecho de que la mortalidad en la División Segunda fuera mucho más baja: en ésta las pacientes estaban atendidas por comadronas, en cuya preparación no estaban incluidas las prácticas de anatomía mediante la disección de cadáveres.

La hipótesis explicaba también el hecho de que la mortalidad fuera menor entre los casos de “parto callejero”: a las mujeres que llegaban con el niño en brazos casi nunca se las sometía a reconocimiento después de su ingreso, y de este modo tenían mayores posibilidades de escapar a la infección.

Asimismo, la hipótesis daba cuenta del hecho de que todos los recién nacidos que habían contraído la fiebre puerperal fueran hijos de madres que habían contraído la enfermedad durante el parto; porque en ese caso la infección se le podía transmitir al niño antes de su nacimiento, a través de la corriente sanguínea común de madre e hijo, lo cual, en cambio resultaba imposible cuando la madre estaba sana.

Posteriores experiencias clínicas llevaron pronto a Semmelweis a ampliar su hipótesis. En una ocasión, por ejemplo, él y sus colaboradores, después de haberse desinfectado cuidadosamente las manos, examinaron primero a una parturienta aquejada de cáncer cervical ulcerado; procedieron luego a examinar a otras doce mujeres de la misma sala, después de un lavado rutinario, sin desinfectarse de nuevo. Once de las doce pacientes murieron de fiebre puerperal. Semmelweis llegó a la conclusión de que la fiebre puerperal podía ser producida no sólo por materia cadavérica, sino también por “materia pútrida procedente de organismos vivos”.

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Filosofía de la ciencia

“Vivimos en una civilización científica. Todos los aspectos de nuestra vida están marcados por el progreso científico. Una gran parte de los conocimientos que utilizamos en nuestra vida ordinaria se basan en ese progreso, que ha cambiado y continúa cambiando las condiciones de nuestra vida, e influye notablemente en el modo de pensar y de valorar las cosas.

El estudio de la naturaleza mediante los métodos de la ciencia experimental moderna ha conseguido un éxito sin precedentes, lo que ha llevado a preguntarse cuál es el secreto de tal éxito, con vistas a impulsar el progreso científico y a extender, si fuera posible, la aplicación de esos métodos a otras áreas. 

El calificativo “científico” sugiere que un conocimiento es objetivo, verdadero, riguroso, bien comprobado. En cambio, lo que no es “científico” suele considerarse como subjetivo, como algo que depende de circunstancias cambiantes o que es poco fiable en general. Parece que todo conocimiento que se presente con pretensiones de objetividad debería ser científico.”

Mariano Artigas. Filosofía de la ciencia. Pamplona. Eunsa. 1999

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Inventar y descubrir

cerebro

Ambas acciones pueden servir para entender la diferencia entre dos formas de explicar la capacidad intelectual del ser humano y su relación con el mundo. Cuando nos enfrentamos a la realidad exterior y conseguimos saber qué es puede quedarnos siempre la duda epistemológica (no todo el mundo la tiene) de si existe realmente eso que estamos averiguando o si es una creación nuestra. El texto de Nietzsche sobre la invención del conocer es muy significativo. Si inventamos estamos creando algo que no existía y que de no ser por nosotros no habría existido nunca. Si descubrimos lo que pasa es que encontramos algo que previamente ya era parte de la realidad y que si dejamos alguna vez de existir eso (ya sea una cosa, una ley física o una entidad matemática) seguirá teniendo las mismas posibilidades de existir que antes, es decir, las que se desprendan de su ser y no de nuestra relación con ellas.

¿Se entiende? Las ideas de Platón son entonces descubiertas y esa soberbia humana le molestó mucho a Nietzsche.

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Nietzsche. Creación del Universo.

“En algún apartado rincón del universo, desperdigado en innumerables sistemas solares centelleantes, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más mentiroso de la “historia universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Después de respirar la naturaleza unas pocas veces, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente cuál lamentable, cuán sombrío y caduco, cuán inútil y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió; cuando de nuevo se haya acabado, no habrá sucedido nada. Pues no hay para ese intelecto ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana.”

Nietzsche. Sobre la verdad y mentira en sentido extramoral.

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Locke. Experiencia.

“Supongamos, entonces, que la mente sea, como se dice, un papel en blanco, limpio de toda inscripción, sin ninguna idea. ¿Cómo llega a tenerlas? ¿De dónde se hace la mente con ese prodigioso cúmulo, que la activa e ilimitada imaginación del hombre ha pintado en ella, en una variedad casi infinita? ¿De dónde saca todo ese material de la razón y del conocimiento? A esto contesto con una sola palabra: de la experiencia; he allí el fundamento de todo nuestro conocimiento, y de allí es de donde en última instancia se deriva. Las observaciones que hacemos acerca de los objetos sensibles externos o acerca de las operaciones internas de nuestra mente, que percibimos, y sobre las cuales reflexionamos nosotros mismos, es lo que provee a nuestro entendimiento de todos los materiales del pensar. Esta son las dos fuentes del conocimiento de donde dimanan todas las ideas que tenemos o que podamos naturalmente tener.”

Locke, J. Ensayo sobre el entendimiento humano.

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